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"Planos de ficción y realidad"

El 20 de enero de 1981, un ex actor llega a la presidencia de los Estados Unidos. Para Ronald Reagan, Hollywood queda definitivamente atrás; Washington lo recibe con los brazos abiertos. Si bien ese día marca solo el comienzo de otra etapa, ese día marca también el fin de una carrera. Llegó. A nivel personal es el happy end: que el hijo de un vendedor de zapatos, ex comentarista radiofónico, x actor, llegue a la gobernación de California reinscribe bien dentro de la tradición norteamericana del “self-made man”; pero que un hombre que frisa los setenta años tenga ganas, no de jubilarse, sino de luchar por el puesto máximo, y que además lo logre, eso ya reviste características de excepción. Si antes el héroe era el cowboy que empujaba la frontera hacia el Oeste para instalar sus ideales de libertad e individualismo, el héroe norteamericano de hoy es este hombre que viste traje y corbata y que empuja la vejez hacia áreas lejanas para recuperar y defender esos mismos ideales. Reagan encarna el “american dream”. Fue por estas razones que, aun sin saber como seria Reagan como presidente, “Time” –con acierto- lo consagró el hombre del año.

Hace años que Hollywood –como un panadero del inconsciente- hornea sueños y amasa ilusiones. Lo increíble, lo irrealizable, lo inconcebible se concibe, se realiza y se cree en la pantalla.

¡Maravillosa magia del cine-sueño! Si es “de película”… Hace años también que nuevos adelantos tecnológicos produjeron el milagro de ver aquí y ahora –no ya lo que alguien inventó ex profeso con otro momento y en otro lugar- lo que está pasando en la realidad en este mismo momento pero en otro lugar. El pasaje del cine a la televisión en directo abrió una brecha entre ficción y realidad.

El lunes 30 de marzo de 1981, el mundo entero –de platea- presencia, estupefacto, el atentado al presidente Reagan (¡y cuantos nos sorprendimos diciendo: “Parece una serie de televisión”!). “Al volver la película para atrás” para saber algo más sobre el otro protagonista de esta historia nos encontramos con John W. Hinckley, veinticinco años, tez blanca, rubio, hijo de una familia norteamericana tipo. “Gente común”. Pero este joven, en el cine, se enamoró de una actriz -¿o fue del personaje por ella encarnado en “Taxi driver”?- y para conquistarla trató –en la realidad- de asesinar a un presidente de verdad. El “happy end” –no para John Hinckley sino para el mundo fue posible gracias a dos escasos, azarosos, centímetros que distanciaron la bala del corazón, porque Superman, lamentablemente, no apareció.

Ese día, Hollywood y Washington se confundieron como los paños del telón al caer sobre la escena. Imaginemos un teatro en noche de función mientras detrás de las candilejas alguien prepara un crimen, un espectador abandona la oscuridad de su butaca y sale a la calle a matar a un transeúnte para llamar la atención de la actriz sobre las tablas. El transeúnte, simétricamente, antes había sido actor. Esta acción imaginaria se desarrolla curiosamente la misma noche en que en Hollywood se entregaban los Oscar.

Tiempo atrás ningún actor hubiera aceptado engordar 30 Kg. para desempeñar un papel: se buscaba un doble. Tampoco se le hubiera ocurrido a un director filmar una película sobre la delincuencia juvenil utilizando verdaderos delincuentes juveniles como actores –tal como acaba de hacer Carlos Saura en “De prisa, deprisa”-, ni tratar el tema de la pena capital a través del testimonio de un verdadero condenado a muerte. (Cuando se estrenaba en París “Houston Texas”, de Reichenbach, el protagonista ya había muerto en una silla eléctrica verdadera.)

Las unidades de acción, tiempo y lugar del teatro clásico explotaron hace añares; las dimensiones espacio-tiempo se entremezclaron con las transmisiones en directo y la frontera entre discurso (cine, literatura) y realidad se está esfumando. Habrá que volverla a pintar de colores fuertes: tal vez fue justamente la línea de demarcación entre lo real y lo imaginario la que John Hinckley no logró ver.

Un país que se permite soñar -¡y a lo grande!- y que se anima, además a cumplir en la realidad algunos sueños, no puede evitar tener de vez en cuando una pesadilla. Lástima que un acceso demasiado fácil a las armas haya permitido, en este caso, que la pesadilla se convierta en realidad.

 

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